“A instancias de don Atanasio Curiel y de sus hermanos Jesús, Refugio, Francisco y Epigmenio, que por entonces eran los caciques del pueblo, rechazamos la petición de Chávez para que lo dejáramos entrar a la población sin hacer resistencia. Al principio, conociendo de sus depredaciones y temiendo su furia porque el pueblo prácticamente estaba indefenso, pensamos en acatar su ultimátum.... y esto hubiera evitado grandes horrores; luego que tomamos la determinación de hacer frente al bandolero, nos armamos de fusiles, escopetas, armas blancas y con todo lo que pudimos conseguir y nos atrincheramos en nuestras casas”.
El ataque de Chávez García, que venía del rumbo de la Barca y de Ayo el Chico (hoy Ayotlán) se produjo entre las nueve y las diez de la mañana, y para las seis de la tarde, después de un infernal tiroteo, el pueblo cayó en sus manos, para entrar con menores riesgos, porque todos estábamos bien atrincherados, la tropa de Chávez García empezó a demoler los muros de las casas de la calle principal; cuando el torrente de la caballería y de la infantería se precipitó sobre el pueblo, luego de vencer la resistencia, empezó la pesadilla, la orgía de sangre.Durante el tiroteo muchos hombres cayeron muertos en las azoteas o en la calle, otros lo fueron en el interior de sus casas; los soldados, al mismo tiempo que derribaban a culatazos y con arietes las puertas, empezaron a prender fuego por todos lados, el mismo Chávez García prendió fuego a la torre de la parroquia y a los portales.
Como a las 8:00 de la noche todo estaba convertido en un verdadero infierno y las llamas subían en enormes lenguas entre remolinos de humo...., una vez dominados los hombres supervivientes que no lograron escapar, fueron amarrados codo con codo y llevados al jardín, en donde empezaron a ser colgados del fresno que allí había; una vez colgados, balanceaban los cuerpos y un soldado que hacía de verdugo los recibía con un puñal.
LA TOMA DE DEGOLLADO
Para las 11:00 de la mañana de aquel 24 de diciembre de 1917, las tropas de José Inés Chávez García, que se decía “general” que militaba bajo las banderas del villismo, habían rodeado casi por completo al pueblo de Degollado, muchos hombres, vestidos a la usanza campirana y tocados con amplios sombreros de petate al estilo charro jaliscience, avanzaban ya por dentro de las mismas casas derribando los muros interiores.
Otros entraban a caballo y a pie por las calles y recibían el fuego de fusiles y escopetas que los defensores disparaban desde las azoteas y ventanas. Muchos de los asaltantes quedaron tendidos en medio de los correspondientes charcos de sangre. Otros que recibieron las balas en la cabeza, presentaban el estallamiento de la masa encefálica; a las doce del día, muchas casas empezaban a ser presa de las llamas y las familias salían precipitadamente de ellas llenas de terror para caer en manos de la soldadesca.
En la confusión del incendio, la balacera, el griterío de los atacantes, muchas personas lograron huir por los campos, pero otras perecieron en ese intento; conforme avanzaba la ocupación, las mujeres, pero sobre todo las jovencitas eran escondidas en sótanos, en agujeros, en desvanes, hasta en los llamados excusados de pozo, en donde permanecían sumidas hasta el cuello dentro de la inmundicias y la gusanera que en esos retretes se forma.
Una señorita, Catalina De la Paz, que por entonces tendría 16 años y que era ciega de nacimiento, aunque de facciones bellas y de cutis blanco, permaneció oculta en el excusado de pozo de su casa durante muchas horas, soportando el martirio de la pestilencia, mientras que millares de gusanos se revolcaban y deslizaban alrededor de su cuerpo, así como arañas y otros insectos inmundos.La señorita De la Paz, ya de edad avanzada, murió hace apenas unos cuantos años en esa misma casa. Otras chicas no podían soportar este verdadero suplicio y salían del asqueroso escondite para ser capturadas y violadas en el acto.
A las 4 de la tarde, José Inés Chávez, con su Estado Mayor, habían llegado al centro del pueblo. Los portales y todas las casas que rodeaban el jardín estaban en llamas y las nubes de humo oscurecían la luz del sol; las llamas se proyectaban siniestramente sobre otras construcciones. Sin embargo aún se escuchaban algunos tiroteos de los defensores, que cesaron hasta cerca de las seis de la tarde.
Según el relato por las calles, muchas jovencitas y otras mujeres corrían desesperadamente, perseguidas con furia por los soldados, no les valía lágrimas, ni súplicas desgarradoras de ellas o de las madres, eran víctimas sin compasión alguna, muchas de ellas eran apenas niñas de 12 o 13 años; los hombres eran sacados por la fuerza de sus casas convertidos en baluartes y llevados sangrantes a fuerza de culatazos hasta el jardín en donde eran atados codo con codo, luego empezaron a ser colgados y acuchillados uno a uno en forma horrenda; otros quedaron muertos tendidos en las calles, en las azoteas, dentro de sus casas.
Don Daniel Pérez, quien siendo niño presenció estas escenas, así como su anciano padre don Francisco, aseguran que la sangre de la matanza corría formando verdaderos arroyos por las calles; a las 5 de la tarde, uno de los últimos reductos de los defensores era la casa de la antes mencionada señorita Catalina De la Paz, en donde un hermano mayor de ella encabezaba una tenaz y encarnizada resistencia.
En esta casa, ubicada en el número 28 de la calle de Hidalgo, casi contra esquina del jardín y frente a un costado de la parroquia, existe una especie de torreón, un auténtico fortín con aspilleras para asomar la boca de escopetas y fusiles; había sido construido con anterioridad, porque las circunstancias por las que atravesaba el país en la época revolucionaria requerían de estas defensas.
El hermano de la señorita de la Paz, era un hombre alto, “güero” de magnífica complexión; José Inés Chávez, personalmente y rodeado por su gente, se plantó frente a la casa y le gritó, durante una breve tregua que concertó con los defensores:-Ríndete “güerito”...-No nos rendimos... contestó el interpelado.-Entonces, dime “güerito” ¿cómo quieres morir?-Con honor y gloria... volvió a decir De la Paz, refiriéndose a que prefería la muerte antes que ser vejado. -Así será... le gritó una vez más el bandolero.
Luego ordenó un nutrido fuego de fusilería, así como el derribamiento, con arietes de la puerta de la casa y el escalamiento de los muros, cuando De la Paz fue apresado, José Inés ordenó que lo llevaran de inmediato al jardín.-¡Cuélguenlo y mátenlo! “con mucho cuidado”, ordenó José Inés, al mismo tiempo que disponía que su banda de música lanzara al aire los acordes de la marcha Honor y Gloria.-¡Vas a morir con “Honor y Gloria”-dijo al preso- como querías!
Y dio principio el suplicio de aquel infeliz, que fue conducido a culatazos al pie del árbol, un alto fresno que estaba en la esquina norte-oriente del parque. Un soldado le paso una cuerda por el cuello, otros lo izaron, otros más balancearon el cuerpo, dándole un movimiento de vaivén, en tanto otro forajido, que hacía de verdugo y que vestía una chamarra “cazadora” lo esperaba con un grande y filoso puñal en la mano. “Este es el hombre cuya muerte horrenda, presentamos en el capítulo anterior.”
EL MARTIRIO DE CARMEN NAVARRO.
Cuando el cadáver del señor De la Paz, fue descendido del árbol en que fue ahorcado y apuñalado bárbaramente, su cuerpo era una verdadera masa sanguinolenta, cuya cara desfigurada por el dolor y las contracciones de la estrangulación, había quedado prácticamente irreconocible.
-¡Así mueren los que me hacen resistencia o los que me traicionan!, dijo José Inés con voz potente, para que lo oyeran todos quienes lo rodeaban, prisioneros y soldados.Luego tendió su vista y contempló con mirada serena, fría, sin que se conmoviera uno solo de los músculos de su cara, el alto número de cadáveres ensangrentados que yacían tirados por todo el jardín, así como las llamas y los negros remolinos de humo que se levantaban hacia las nubes, de las casas incendiadas del pueblo, luego, con la misma serenidad, ordenó que continuara la matanza.
En el árbol en que fue ahorcado el señor De la Paz, un elevado fresno como antes dijimos, fueron sacrificadas 64 personas, según don Daniel Pérez el Notario Parroquial de Degollado, y 75 según la versión y los recuerdos de su señor padre, don Francisco.
Entre los ajusticiados, los señores Curiel: don Atanasio que era el cacique del pueblo, don Jesús que era el mayor y propietario del rancho La Víbora, don Francisco dueño del rancho El Mezquite Grande, don Refugio propietario del rancho El Castillo y don Epigmenio, dueño del rancho Los Sabinos; también fueron víctimas: don Gregorio Flores, padre del señor cura Don Julio que había muerto el 16 de abril, el sacristán y el campanero de la parroquia.
Ese árbol se secó años después, podría decirse que agobiado por la remembranza de su participación involuntaria en aquellos escalofriantes crímenes y por la abundante sangre que empapó su corteza. Don Daniel Pérez conserva una fotografía de él, en su lugar, se levanta un monumento en memoria de las victimas asesinadas sin piedad por el terrible bandolero José Inés Chávez García.
Pero volvamos a nuestro relato:
Cuando la tropa asaltó y entró a la casa de la señorita Catalina de la Paz, esta se hallaba escondida como señalamos en capítulo precedente, en un excusado de pozo, que es un retrete inmundo constituido por un agujero amplio y profundo en la tierra y cubierto con una especie de caja de madera, a manera de la taza de nuestros modernos sanitarios.
Allí permaneció oculta, en medio de una insoportable pestilencia y aterrorizada por los gusanos, los insectos y alimañas repulsivas, hasta que los forajidos abandonaron la infortunada población de Degollado, y así se salvo de ser víctima, violada brutalmente y sin misericordia, como ocurrió a casi todas las señoritas y demás mujeres del pueblo.
Pero en el interior de la misma casa, la soldadesca sorprendió a una jovencita, que enmudecida por el miedo fue sacada de una habitación y arrastrada por los cabellos hacia uno de los portales que dan al patio interior de aquella vieja y señorial casona colonial.- ¡Era casi una niña... una virgen ¡ -nos dijo nuestro relator Don Daniel Pérez, conmovido por el recuerdo.
María del Carmen Navarro –agrega- apenas tenia 15 años, una joven blanca, bonita, de un hermoso pelo negro, largo... inmediatamente que la apresaron los asaltantes la derribaron al suelo y le arrancaron la ropa a pedazos, hasta dejarla completamente desnuda mientras que la chica lloraba angustiada y pedía clemencia a sus lujuriosos y feroces captores, pero a pesar de su terror o tal vez por eso mismo, la joven defendió encarnizadamente su castidad... a mordidas, arañazos, puntapiés...
Entonces, para vencer su resistencia, un oficial ordenó que se le pusiera contra la pared y fuera castigada a latigazos, y así, las carnes de aquella virgen empezaron a ser desgarradas por el látigo que empuñaba un implacable verdugo hasta que rodó desvanecida por tierra, pero ni así calmó la furia de sus victimarios. Le echaron una cubeta de agua sobre la cara, y cuando María del Carmen recobró el conocimiento, volvió a ser castigada de la misma forma.
La infeliz lanzaba desgarradores lamentos, que poco a poco se fueron convirtiendo en ahogados sollozos... pero no cedió, finalmente, volvió a desmayarse y, entonces, aquellas auténticas fieras humanas, aquellos tigres sanguinarios le rebanaron los senos y al final, la decapitaron, arrastrando su cadáver hacia la calle.
¡QUEMADAS VIVAS!
El cadáver de la atormentada María del Carmen Navarro con las carnes desgarradas a latigazos, los senos rebanados y decapitada brutalmente, fue arrastrado por la calle Hidalgo hasta el jardín principal del pueblo. La Cabeza, con los cabellos cortados, fue arrojada también a la vía pública, quedó con los ojos abiertos, mirando al cielo, con inenarrable expresión de terror y angustia.Es difícil imaginar, en una tierna joven, tanta fortaleza de espíritu, tanto valor para preferir la tortura y una muerte horrible, antes que ceder a la pérdida del honor, una hermana de esta chica, Cristina, de unos 17 años, antes que sufrir un suplicio parecido a manos de aquellos bárbaros o ser victimada por la turba sanguinaria, se entregó voluntariamente a José Inés.-Señor, estoy en sus manos... pero, por favor, no deje que me hagan nada... suplicó.-Chávez García le sonrío y le dijo: Tú serás solo para mí...
Varios días después, la muchacha fue abandonada en el campo, pero no sin que antes el bandolero le obsequiara con una bolsa llena de monedas de oro; cuando andaba errante, con el rostro demacrado y enflaquecida, fue recogida, cerca del pueblo de Penjamillo, por la señora Sara Garnica, quien le dio protección y más tarde la devolvió a su enlutado hogar.
José Inés Chávez, nos dice don Daniel Pérez, se mostraba generoso con las mujeres que se le entregaban a voluntad y hasta solía tratarlas con alguna caballerosidad, varias personas del pueblo, calculan que ese fatídico 24 de diciembre de 1917 fueron violadas implacablemente, más de 200 mujeres en presencia de sus padres, maridos e hijos.
El caso de María del Carmen Navarro, permanece como un recuerdo de lo más doloroso entre las viejas generaciones de Degollado, sin embargo, esta joven martirizada no fue la única en el pueblo, que prefirió la muerte a la deshonra.Dos muchachas de la congregación de “Hijas de María” también muy jóvenes y bellas, Coleta Meléndez y Josefa Parra, se inmolaron en una hoguera crepitante para defender su castidad. Ambas, presas del pánico que embargaba a toda la población corrían alocadamente, perseguidas por una verdadera jauría humana que trataba de acorralarlas por la calle que queda al costado sur del parque tantas veces citado; abra que recordar que todas las casas del centro del pueblo, al igual que otras muchas, estaban en llamas.
Precisamente, en la contra esquina sur poniente del jardín existía un expendio de carne, que estaba convertido en un horno infernal, cuando las dos jóvenes aterrorizadas estaban a punto de ser presa de la soldadesca desenfrenada, en un gesto heroico, fruto de la angustia de sentirse perdidas se lanzaron violentamente al interior del establecimiento incendiado, sus mismos perseguidores, aquellas, aquellas fieras sanguinarias y lujuriosas, quedaron paralizados momentáneamente, por el asombro que les produjo aquel acto insólito, de la terrible inmolación.
Inmediatamente, en un instante de misericordia, trataron de rescatarlas, pero las llamas avivadas por el viento cobraron mayor fuerza y envolvieron completamente los cuerpos de las dos mártires. Simultáneamente, las ropas, los cabellos y la carne empezaron a arder en medio de aquella pira trágica, los cuerpos lamidos y devorados por el fuego, se retorcían macabramente, pero ningún grito de dolor salió de las bocas de aquellas infortunadas, sus rostros, contemplados a través de las llamas, tgenían una expresión dantesca, y allí perecieron. Sus carnes, torturadas, fueron consumidas totalmente
Cuando todo pasó y fueron removidos días más tarde los escombros, se encontraron sus huesos calcinados y, cosa de asombro, las medallas de oro que llevaban colgadas al cuello y que, inexplicablemente no se fundieron con el calor de la hornaza fueron recogidas intactas y hoy se conservan como reliquias.














1 comments:
Donde estan esas medallas?
Post a Comment